
Había otras alternativas al otro lado de la cerca, pero no. Tú querías quedarte.
Te quedaste por esperar el momento oportuno, a la llegada del nido de pájaros carpinteros que engañarías para que te perforaran el paladar, para que las palabras amargas escaparan antes de unirse con el sonido tosco de tu voz.
Decidiste quedarte a esperar la caída de viejas hojas.
Al regreso del retoño.
Al olvido del otoño.
Esperas, lejos, distante, en el silencio de las telarañas que guardan el rocío para sentirse más frescas.
Y piensas que es un alivio no tener que vagar por calles anónimas. No tener que reiniciar la búsqueda, sólo esperar a que vuelva. Sí, porque sabes que volverá y te rescatará de los escombros. Que dará al menos un vistazo a sus raíces y olvidará la penumbra de toda aquella vieja maraña.
Sabes que va a encontrarte en el mismo lecho podrido donde alguna vez enterraste sus promesas. Quieres que encuentre tierra fértil para olvidar el malintencionado susurro de la ceniza.
Olvidas que ambos nacieron torcidos...


